Los Raidistas


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Chone, 6 de diciembre de 1939, 14h00.- Parece que todo el pueblo estuviera aquí, en la Plaza Central, para despedirlos. La masa escandalosa rodea el Chevrolet descapotado modelo 1931, estacionado frente a las autoridades políticas del cantón.

La banda de músicos, vestida como demanda la ocasión, sopla con sus vientos obras marciales. Se pide silencio a la concurrencia y el llamado líder de la juventud de Chone, Don Trajano Viteri Medranda, toma la palabra. Vuestro arrojo y valentía, vuestra audacia y calor de genuinos choneros, os obliga a llegar a la meta o morir en la lucha; que el espíritu de Hernán Cortés os acompañe, y así no podrais regresar sin la victoria.

Por Chone, por Manabí y por nuestro querido Ecuador, atrás ni un paso.

Vuestra consigna, es avanzar, escalar las cumbres y triunfar. ¿Prometéis cumplir con esta consigna? Se hace un silencio, sólo se escucha el galope de los agitados corazones. Los caballeros se llenan el pecho de aire y las damas, de los nervios, se llevan las manos a la boca y se paran en puntas de pie. "¡SÍ!", responden los raidistas en coro.

La música vuelve, ya no son coplas militares sino canciones populares que la concurrencia no tarda en acompañar a viva voz.

El auto arranca, tiene que ir despacio para no atropellar a nadie. La banda persigue los primeros pasos de la máquina hasta el caserío Santa Rita, al extremo norte.

Los aventureros se despiden meciendo en el aire sus sombreros Montecristi, claramente marcados con letras rojas:

RAID. Nadie va a decirlo, pero muchos lo están pensando: capaz y no vuelven, capaz y esta es la última vez que los vemos con vida. El jefe de la expedición es el único que se atreve a sugerir abiertamente la cercana posibilidad de un destino fatal, uno de nosotros, si los demás desapareciéramos, os contará que llegó.

El temor general tiene sus raíces bien afianzadas. Ha llegado el invierno. Sólo Dios sabe si las tormentas que los aguardan ocultas en las nubes, siempre al acecho, no serán las mismas que los sepulten en la fiera selva que se han propuesto conquistar.

Los viajeros, conscientes de la historia nacional que los precede, escogieron esta fecha para honrar dos memorables aniversarios: la fundación de la muy noble y muy leal ciudad de San Francisco de Quito, y la batalla naval de Jaramijó, donde bajo el mando del general Alfaro, los liberales combatieron a los conservadores por vez primera.

Los raidistas son cinco, como los dedos de la mano, rozan las tres décadas sobre la faz de la tierra y los unen, más que la odisea que están a punto de vivir, las bisagras imbatibles de la amistad. Carlos Alberto Aray: Nacido en Medio Mundo, sitio contiguo a la ciudad de Chone.

Dedicado a trabajar en una peque?a finca, propiedad de sus padres, donde se mueve entre frutales, cultivos de cacao y de caf?. Amigo de la guitarra, del canto, del billar y los versos.

Conocido en la sociedad por su esp?ritu aventurero. Jefe y creador de la expedici?n.Artemio Aray: Otrora arquero titular de la selecci?n de f?tbol de Chone.

?dolo de los aficionados, que acostumbraban sacarlo en hombros del estadio, por mantener invicta a su escuadra durante largas temporadas. Pas? varios a?os en el oriente ecuatoriano aprendiendo medicina natural. No falta quien lo tache de vulgar curandero y hasta lo acuse de practicar brujer?a.

El hermano menor de Carlos Alberto es el m?dico a bordo. Juan de Dios Zambrano: Hombre de letras. Periodista y poeta. Prestigioso personaje de la bohemia chonera, capaz?de cautivar a cualquiera en conversaciones que se dilatan hasta el amanecer, donde se tocan los m?s variados t?picos de actualidad, ciencia y pol?tica.

Ser? el encargado de llevar la bit?cora de esta expedici?n.Emilio Hidalgo: Calificado con unanimidad como el mejor violinista de Chone.

Nadie sabe c?mo aprendi? a tocar tan d?cil instrumento, mucho menos el artista.

Su recio car?cter es bien conocido entre sus amistades, que saben que el int?rprete puede abandonar un sal?n si alguien en el p?blico no es de su agrado. Maestro electricista de profesi?n.

Plutarco Moreira: Chofer profesional, especialista en montar y desmontar motores de todo tipo. Su trabajo es distinguido en toda la provincia.

Son muchas las personas que han sido socorridas por ?l en carreteras abandonadas y silvestres. Se dice que no hay nada que este bar?n de las m?quinas no pueda arreglar con sus herramientas. Ser? el encargado del volante.

Nuestro piloto.La misi?n: Demostrarle a quienes administran los poderes p?blicos de la rep?blica del Ecuador, que la carretera Chone - Santo Domingo - Quito, tramo considerado indomable por las v?as del progreso, es una empresa posible.

Hasta ahora, la ?nica forma de llegar a la capital desde Chone, es viajar a Bah?a de Car?quez, desde ah? tomar un barco de vapor que tarda d?as enteros en llegar a Guayaquil, y entonces subir al ferrocarril.

CHEVROLET DESCAPOTADO MODELO 1931 Km 32.- Pasados los sitios Ricaurte y El Lim?n, donde Los Raidistas son recibidos con palpitantes pa?uelos blancos, banderas y gritos de aliento, cae el primer aguacero.

Son las 18h00 y aunque Plutarco Moreria trata de seguir adelante, el carro se encharca y patina y se ven obligados a detenerse hasta que pase la tormenta.

La noche cubre el horizonte en la selva manabita. Orientados por la escasa luz de las luci?rnagas, buscan hojas de platanillo, bijao o camacho, y montan una suerte de techo bajo el cual, para combatir el fr?o, se apretujan los cinco.

Quieren fumar, pero los cigarrillos est?n empapados. Despiertan con el canto de un gallo. Se alegran. No est?n solos.

Avanzan siguiendo la voz del animal y llegan a una peque?a estancia en Chontillal, entre El Lim?n y Zapallo, propiedad de Don Tiburcio Barreto, donde se les ofrece un desayuno campesino, huevos, queso y verde asado, que devoran guardando los modales.

8 de diciembre.- La lluvia entorpece el camino, lleno de peque?as lagunas negras que el carro tiene que rodear. Atr?s qued? el sitio Zapallo, donde tuvieron que pasar la noche reparando una perforaci?n en el radiador.

Ahora tienen que llegar a la parroquia Flavio Alfaro. En una zona denominada Cuello, el carro se atasca en el monte y en el lodo. Cuatro de Los Raidistas tratan con todas sus fuerzas de empujar el auto, mientras el chofer acelera a m?s no poder.

In?til es el arrojo. Todo lo que consiguen es llenarse de sudor y fango. Deciden enviar a Juan de Dios por ayuda.

El poeta regresa al cabo de pocos minutos, con las manos en alto. Un montubio, que lo ha tomado por cuatrero, le apunta con una escopeta.

Los raidistas proceden a identificarse y el montubio, que responde al nombre de Mois?s Pazmi?o, les ofrece su ayuda. Lo intentan de nuevo y el carro vuelve a la superficie irregular de la monta?a.

10 de diciembre.- Tras permanecer dos d?as en Flavio Alfaro, la ?ltima poblaci?n propiamente dicha en el trayecto hacia Santo Domingo de los Colorados, planeando detalles del viaje, salen rumbo a Chila, peque?a comunidad anterior a El Rosado, la siguiente parada estrat?gica.

Para aligerar la carga, env?an a lomo de mula el equipaje y el combustible.

Las bestias se adelantan al carro y se dirigen directamente a El Rosado.

Por su parte, los raidistas recorren los 17 Km. que los separan de Chila en un lapso de ocho d?as.

Aprovechan la luz del sol para avanzar lo m?s que pueden y, durante la noche, aseguran el carro amarr?ndolo a gruesos troncos y buscan posada en las casas de amables familias montubias.

Contratan a los auxiliares Romualdo y F?lix Zambrano, gente de campo que conoce bien la ley de la selva.

18 de diciembre.- Ya en Chila, Carlos Alberto env?a a Juan de Dios de regreso a Chone, en busca de dinero para continuar la expedici?n.

Mientras ?l y los dos auxiliares inspeccionan a pie la ruta a seguir, Plutarco, Emilio y Artemio matan las horas compartiendo con los campesinos del lugar.

A su regreso, ya acabada la tarde, Carlos Alberto encuentra a sus amigos bien enrumbados, cantando, bailando y bebiendo.

Se han instalado en una casa, cuyo due?o se vanagloria de ser el mejor bebedor de la regi?n.

Carlos Alberto se excusa de la juerga, y a manera de broma y ligera venganza, le dice al anfitri?n que sus compa?eros se han propuesto emborracharlo para luego burlarse de ?l p?blicamente.

Mientras el jefe de la expedici?n y los auxiliares duermen a pierna suelta, el due?o de casa y los otros raidistas bajan las reservas de aguardiente sentados a una mesa.

El due?o de casa tiene en una mano el vaso y en la otra su largo y afilado cuchillo, que no soltar? hasta que los otros hayan ca?do desmayados por obra y gracia del licor.

24 de diciembre. Celebran la Noche Buena en El Rosado, desplegado sobre las cabeceras del R?o Grande - Quinind?, cercados por orgullosas palmeras, matas de cady, yucales y ca?a de az?car. La casa es de don Pedro Vega, a quien apodan El campe?n de la selva, por la ayuda prestada y por su conocimiento total del traicionero monte.

Esta noche, se ponen los trajes de gala que pensaban reservar para la llegada a Quito, los mismos trajes que usaron el pasado mes de julio, cuando Chone celebr? sus fiestas c?vicas y ellos se pasaron la noche festejando en la Plaza Central, de donde salieron hace 19 d?as. La cena contiene gallina criolla y pl?tano verde en abundancia.

Armados con guitarra y viol?n, los raidistas agradecen las atenciones con canciones montubias que sirven lo mismo para cantar que para armar el baile.

En cierto momento de la velada, Carlos Alberto, Artemio, Emilio y Plutarco, cada uno en un rinc?n, reciben la visita del fantasma de navidades pasadas.

Antes de dormir, Carlos Alberto escribir? en su diario: alguno de nuestros compa?eros sinti? el dulce amor de una inquietud juvenil, al recibir todo el fuego tropical de unos ojos maravillosos y embrujadores.

Nunca sabremos a qu? compa?ero se refiere, tal vez sea mejor as?. La ma?ana del 25, sus nuevos amigos se re?nen para despedirlos. Todos menos don Pedro Vega. Los raidistas lamentan su ausencia, pero no tienen tiempo que perder. Pasar?n a?os hasta que don Pedro Vega confiese que evit? la despedida del puro dolor, para no pensar en los que flotar?an sin vida en las aguas del Quinind?.
26 de diciembre. El opulento r?o Quinind? emerge de las cordilleras de la parroquia Eloy Alfaro, sus poderosos afluentes lo transforman, kil?metros mediante, en el r?o Esmeraldas. No les queda otra que navegarlo para llegar a El Piojo, r?o arriba.

Atravesar las riberas tomar?a demasiado tiempo y las orillas son demasiado estrechas para el carro. Usando palo de balsa y amarras de bejuco piquigua, empalman tres balsas, una para el carro, una para los v?veres y el combustible, y una m?s para la tripulaci?n.

Con buen clima, el tramo fluvial El Rosado - El Piojo puede cubrirse en tres horas. Pero estamos en invierno y los raidistas pasan tres d?as de extremas dificultades. Avanzando cortas distancias en jornadas interminables.

La lluvia no les perdona la insolencia y el caudal del r?o no hace otra cosa que aumentar. A veces tiritan de fr?o, empapados por la lluvia. A veces el calor los fr?e. Tienen las ropas rasgadas, las ramas los han rasgu?ado a profundidad y Artemio ha tenido que curarlos ah?, sobre la marcha. No son pocas las gotas de sangre que han ca?do al agua.

29 de diciembre. La corriente de El Piojo es m?s brava que la del Quinind?. Deciden desembarcar el carro y descansar. Plutarco y Emilio cruzan nadando el r?o, llevan una cuerda atada a la balsa.

Carlos Alberto y los dos auxiliares, desde la balsa de la tripulaci?n, aseguran tambi?n con cuerdas la direcci?n del carro flotante.

Artemio va junto al veh?culo, usando una rama gruesa como palanca, dirigiendo la maniobra. A mitad de camino, la rama de Artemio no resiste la presi?n de la corriente y se rompe.

La balsa se escapa veloz con el carro encima. Los raidistas se tiran al agua para tratar de alcanzarla. Artemio sigue a bordo, junto al veh?culo.

El cauce se estrecha, aparecen ?rboles, se forma un t?nel perverso. Los fierros de la m?quina se enganchan en las ramas enemigas, la balsa da una vuelta de campana y Artemio se lanza al agua para que no lo atraviesen las garras de los ?rboles.

El resto de raidistas se sumerge y pasa por debajo del t?nel. Cuando vuelven a respirar, ven la balsa orill?ndose sobre el lado izquierdo, pero no ven el carro.

Artemio nada tras ella, la alcanza, se sube y la amarra a un ch?paro. Los otros llegan sin fuerzas, Artemio los ayuda a subir. Los raidistas se tienden sobre la balsa, mudos, ahogados, sin saber muy bien si se salvaron o no. El silencio se prolonga por varios minutos. Carlos Alberto es quien pregunta ?El carro se perdi? o est? debajo? Esta noche, ellos duermen sobre la balsa y el carro debajo del agua, todav?a junto a ellos, aferrado a los palos de balsa.

31 de diciembre. Se adentran en la selva, montan un r?stico campamento, casan dos guantas y se alimentan. Vuelven al r?o, a recuperar el auto. Emilio y Plutarco tienen que desarmar la m?quina para secar los aparatos, limpiarlos, engrasarlos y volver a ensamblar el esqueleto mec?nico. El trabajo es largo y agotador. 1940 los sorprende probando el motor del carro, que enciende a la primera. Abrazos.

3 de enero de 1940. Se encuentran en las aguas de El Suma. Juan de Dios lleva d?as enteros busc?ndolos, preguntando por ellos, escuchando que nadie puede cruzar las aguas del Quinind? en invierno, menos en una balsa.

Si no fue la corriente la que acab? con ellos, el Chicharo, un pez gigante, con dos hileras de puntiagudos dientes en la mand?bula inferior y otra en la superior, seguro los devor? sin piedad. Al verlos, Juan de Dios se lanza al agua y nada a su encuentro.

La selva oye sus gritos de felicidad y los disparos al aire de una Smith & Wesson calibre 32. El pr?ximo destino es el Sumita, donde Manab? y Pichincha se tocan. Todav?a los espera Santo Domingo, all? habr?n completado, creen ahora, el tramo m?s duro del raid.

Santo Domingo de los Colorados. Entran al pueblo en medio de grandes celebraciones. Piensan que se trata de una fecha importante para los nativos, pero no, el agasajo es para los raidistas y para el primer autom?vil que toca tierra de los Colorados.

La noticia ha viajado m?s r?pido que sus actores. En el centro de la plaza, la tricolor flamea en la cumbre de una ca?a guadua tan verde como se puede ser. Banderines y gallardetes engalanan los portales de las residencias. J?venes a caballo hacen la calle de honor. Uniformados deportistas desfilan junto al carro.

Los raidistas se detienen en el medio de la plaza y reciben los saludos de las m?s distinguidas damas. Mientras tanto, en la tierra que los vio partir, se piensa que han muerto o que est?n escondidos en alguna parte, temerosos de volver y reconocer un fracaso miserable.

Esa misma tarde, el tel?grafo del cant?n manabita empieza a recibir en clave morse, saludos y congratulaciones a las autoridades y a la ciudad de Chone, aplaudiendo el arribo victorioso de los raidistas a Santo Domingo.

A las 20h00, la ?nica casa con techo de zinc en el pueblo, conocida como La Casa de Teja, albergaba la fiesta. Carlos Alberto a la guitarra, encanta a una muchacha.

Emilio le dice a la suya: una cosa es con guitarra y otra con viol?n. Plutarco ensaya un piropo propio de su oficio: la luz intensa de tus ojos, perfora el parabrisas de mi coraz?n. Artemio hace lo suyo: eres m?s fragante que una matita de hierbabuena.

Por su parte, Juan de Dios, llegado el momento de hacer memoria, escribir?: nos apretamos m?s, de repente, en la semipenumbra, floreci? el milagro de un beso, robado en la noche c?lida y rom?ntica. Al d?a siguiente recibir?n la visita de la prensa quite?a. Antes de abandonar los dominios que tan bien los han recibido, escuchar?n una pregunta que los har? partirse de la risa. ?Qu? come el carro?.

El r?o Buenasilla. Despiertan en la hacienda Chiguilpe, propiedad del general Alberto Enr?quez Gallo, presidente del Ecuador de 1937 a 1938, quien encandilado por la haza?a, ha decidido acompa?arlos junto a sus hombres hasta el peligroso cruce del r?o Buenasilla. La colina que lleva a la orilla es pr?cticamente horizontal.

Tienen que atar las cuatro esquinas del carro con cabos que a su vez pasan por motones para bajar el veh?culo hasta el p?e del r?o. Todo lo que he presenciado es magn?fico, pero sigo intrigado, ?c?mo piensan pasar el r?o?, pregunta el general. El Buenasilla desfila potente entre dos paredes de roca viva, separadas por 7 metros de vac?o.

All?, abajo, a 15 metros de donde estacionaron el carro, brama la corriente espumosa. Para qu? darle vueltas al asunto, hay que hacer un puente. Con ayuda de los hombres tra?dos por el general, cortan cuatro troncos de unos 12 metros de longitud, y los tienden entre lado y lado. Levant?ndolo en peso, colocan el carro en los silvestres rieles.

Cada llanta se acomoda entre dos troncos. Plutarco sube, enciende el motor y pregunta ?Me voy? Carlos Alberto sabe que al dar la orden podr?a estar enviando a su compa?ero a una muerte segura, pero estando d?nde est?n, ya no se pueden detener. ?Largo!, grita el jefe de la expedici?n.

El carro avanza lentamente, cualquier maniobra errante puede ser la ?ltima. Los raidistas aguardan sosteniendo la respiraci?n. A la mitad del fr?gil puente, los troncos comienzan a doblarse, como una hamaca, dir? Carlos Alberto cuando se le pregunten. Un segundo m?s en esa posici?n y los troncos se rompen y hasta aqu? lleg? el famoso raid.

Plutarco hunde el pie en el acelerador y s?lo una vez que las llantas traseras han tocado tierra firme, cayendo de los troncos, se derrumba sobre el asiento del conductor y levanta los brazos para tocar el triunfo con las manos.

Aun falta el paso por la orilla del Toachi, que mide tres metros, donde levantar?n con sus manos el lado derecho del carro y Plutarco conducir? lentamente sobre dos ruedas. Aun falta el paso por el delgado puente Lelia, que palpitar? a cada cent?metro que recorran las llantas. Pero los raidistas sienten que ya nada, ni nadie, puede detenerlos.

Quito, 28 de enero de 1940. Lo primero que ven es un grupo de gente junto a un carro aleg?rico arreglado con flores de todos los colores. Es el comit? de bienvenida, conformado en su mayor?a por los miembros de la Asociaci?n de Manabitas Residentes en Quito.

Los abrazos vienen de todos los flancos. La alegr?a compartida es inmensa. El carro aleg?rico prolonga la entrada a la parroquia urbana La Magdalena, donde cordones de polic?as tratan, in?tilmente, de controlar a la multitud que se ha volcado a las calles para aclamarlos. ?Viva Chone! ?Viva Quito! ?Viva el Ecuador! Avanzan por la calle Bah?a hasta la Avenida 24 de Mayo.

Contemplan el monumento a los H?roes Ignotos, sabiendo que no fueron pocos los momentos donde pensaron, presas del p?nico, que tambi?n ellos ser?an titanes an?nimos.

Llegan al Estadium Municipal, donde sucede una ma?ana deportiva organizada en su honor. El partido de f?tbol entre los equipos Gladiador y Gimn?stico se interrumpe y el Chevrolet descapotable modelo 1931, el carro de la victoria, se estaciona en la mitad del campo de juego.

La lluvia de flores cae desbordada sobre nuestros conquistadores. M?s tarde ir?n al Palacio Municipal, donde en sesi?n solemne, recibir?n de don Gustavo Mortensen sendas medallas de oro, que brillar?n sobre sus embarradas y deshilachadas ropas kaki.

En el acto de condecoraci?n estar?n figuras pol?ticas, diplom?ticas y sociales. Luego ir?n a un banquete en el hotel Par?s, donde la colonia manabita los servir? hasta el cansancio. Los rotarios quite?os organizar?n su propio homenaje en el sal?n Las Palmas del hotel Metropolitano.

Ma?ana ser? un gran d?a, el presidente electo, Dr. Carlos Alberto Arroyo del R?o, ofrecer? su apoyo incondicional al proyecto de carretera Chone - Santo Domingo - Quito. Y el encargado del poder, Dr. Andr?s F. C?rdova les dar? audiencia en el Sal?n Amarrillo del palacio de Carondelet, para anunciarles que otorgar? un mill?n doscientos mil sucres para el inicio de la obra.

Los raidistas no saben lo felices que ser?n en las horas que los esperan. En su mente una imagen que los acompa?ar? por el resto sus d?as: Chone.

Al llegar a Quito fueron recibidos con todos los honores; incluso el encargado del poder, Andr?s F. C?rdova los recibi? como h?roes nacionales en el Sal?n Amarillo del palacio de Carondelet, para anunciarles el desembolso de un mill?n 200 mil sucres para el inicio de la obra.

Misi?n cumplida.- Llegaron a Quito el 28 de enero de 1940 (cuando se cumpl?a otro aniversario de la muerte de Eloy Alfaro) y su haza?a fue destacada por los medios de comunicaci?n de la ?poca y de autoridades gubernamentales que reconocieron que s? era posible una v?a entre Quito y Manab? y de inmediato el presidente de la Rep?blica, Andr?s F. C?rdova, anunci? que asignar?a 1.200.000 sucres para empezar los trabajos de la carretera.
Los chonenses actualmente se sienten orgullosos de esta gesta, y ahora, 70 a?os despu?s, se realizar? una serie de homenajes en honor a los cinco raidistas: Carlos Alberto Aray, Artemio Aray, Juan de Dios Zambrano, Emilio Hidalgo y Plutarco Moreira.

Hace 70 a?os cinco hombres: Carlos Alberto Aray, Artemio Aray, Juan de Dios Zambrano, Emilio Hidalgo y Plutarco Moreira idealizaron una quimera que la iniciaron en Chone, el 6 de diciembre de 1939 decidieron viajar a Quito en un chevrolet descapotable del a?o 1931, para mostrar a las autoridades que se pod?a crear una carretera que una Chone a Quito.

Esta haza?a la culminaron el 28 de enero de 1940, venciendo el paso por la jungla manabita, atravesando riscos y picos andinos, cruzando abismos y r?os, hasta evidenciar que se pod?a enlazar costa y sierra. Estos cinco hombres hicieron algo que ahora podr?a parecer muy normal ir de Chone hasta Quito, pero inventando el camino, esta impresionante traves?a es la que inspira el cap?tulo de hoy sobre los raidistas de Chone.

El Pleno de la Asamblea, con el voto un?nime de los 79 asamble?stas presentes en la sala, declar? la v?a Chone - Quito como "Ruta de los Raidistas", para que conste con esta denominaci?n en el mapa vial y tur?stico del Ecuador.
Adem?s, reconoci? la intr?pida haza?a de los manabitas Carlos Aray, Juan de Dios Zambrano, Emilio Hidalgo, Plutarco Moreira y Artemino Aray, a quienes se los denomina "Los Raidistas", como ejemplo de tes?n y proyecci?n vial para unir la costa con la sierra.

Esta resoluci?n ser? publicada en los medios de comunicaci?n y se remitir? a los ministerios de Obras P?blicas y Transporte; Turismo; Consejos Provinciales; Sindicato de Choferes; y, gobiernos municipales de las provincias de Manab?, Santo Domingo de los Ts?chilas y Pichincha.

La representante manabita L?dice Larrea, autora del proyecto de resoluci?n, subray? que desde los or?genes de la provincia de Manab? los pueblos abor?genes trazaron una v?a para comunicarse entre las diversas tribus que forman el Reino de Quito, en la que tambi?n transitaron los conquistadores y los colonizadores espa?oles, en busca del mar. Y que, en el Congreso de la Gran Colombia de 1826, en el de 1830, y en 1883, el General Eloy Alfaro Delgado dispuso, mediante decreto, la construcci?n de un camino para unir la Costa con el resto del pa?s.

Record? que el 6 de diciembre de 1939, los chonenses Carlos Alberto Aray, Juan de Dios Zambrano, Emilio Hidalgo, Plutarco Moreira, Artemio Aray, apoyados por el pueblo manabita, emprendieron la incursi?n Chone - Quito para abrir la ruta ya trazada por los antepasados y unir, mediante una carretera, la Costa con la Sierra. El 28 de enero de 1940, despu?s de 53 d?as de tit?nica jornada por la agreste monta?a, atravesando caudalosos r?os, desafiando el peligro de animales y sobre la enriscada cumbre de los Andes, el RAID lleg? a Quito para demostrar la factibilidad de construir la carretera como eje vial para el desarrollo del pa?s.

La haza?a del Raid (acci?n atrevida o espectacular) Chone - Quito est? publicada en los peri?dicos de la ?poca a nivel nacional, consta en los archivos de la biblioteca Municipal del Distrito Metropolitano de Quito, en el libro "Visi?n de un Viaje Inolvidable", de Juan de Dios Zambrano y existe en el cant?n Chone, provincia de Manab?, un momento para evocar este acontecimiento heroico de Unidad Nacional.